martes, 5 de mayo de 2009

Neutral Malvado VI - Las virginidades de las mujeres

Todos sabemos que hoy en día es casi imposible encontrar a una mujer virgen. Pero, ¿qué es una mujer virgen? Tradicionalmente, la mujer virgen es aquella cuya vagina no ha sido penetrada nunca por una polla. Sin embargo, con la llegada de los métodos anticonceptivos y la liberación sexual de la mujer, la vagina deja de ser un templo sagrado para convertirse en una estación de paso, de modo que pronto la virginidad femenina pierde valor y se hace necesario incorporar nuevos agujeros femeninos en el mercado sexual. Debemos, pues, redefinir el concepto de virginidad femenina.

Las virginidades de las mujeres

Hoy en día, las mujeres tienen 3 virginidades de primer grado (vaginal, bucal y anal), que se corresponden con los tres agujeros femeninos; y unas cuantas virginidades de segundo grado: la manual (pajear al varón con la mano por primera vez), la gástrica (tragar semen por primera vez), la cubana (pajear polla con tetas por primera vez), la axilar (paja con sobaco), la podal (paja con los pies), etc. No obstante, en este estudio nos centraremos en las tres virginidades de primer grado y en una virginidad de segundo grado: la virginidad manual; de vital importancia en la adolescencia de la fémina.

Empecemos, pues, por esta última:

La virginidad manual



Pajeando la primera polla las mujeres hacen un descubrimiento fundamental en el desarrollo de su sexualidad: que las pollas son fáciles de manipular, que apenas rozándolas se ponen duras y que si las pajean un buen rato explotan en una erupción de leche cremosa. La pérdida de la virginidad manual es, por tanto, la primera toma de contacto de la fémina con el falo y el descubrimiento del poder que tiene para manipularlo a su antojo. La fémina descubre así que el pene es un cetro de poder que ella tiene en su mano y que puede manejar como si de un timón se tratara. La mujer descubre a través del control del falo un enorme abanico de posibilidades, entre las cuales se hallan dar paseos en Seat Leones tuneados, conseguir entradas gratis para locales nocturnos o acceder a viviendas sin haber trabajado en su puta vida.

La virginidad bucal



La mujer contemporánea, sumida en permanentes conflictos alimentarios como la anorexia, la bulimia y las dietas perpetuas, no concibe la boca únicamente como un orificio por el que alimentarse, sino también como un orificio bidireccional que usa para fumar cigarrillos, vomitar comida o comer pollas.

La virginidad anal



La fémina ofrece su ano como sustitutivo de la vagina para retener al macho y obtener ventajas competitivas sobre las hembras rivales. Hay, en todo sujeto pasivo del sexo anal, una profunda actitud pasiva y abnegada. Según el psicoanálisis freudiano, el bebé aprende, durante la fase anal, a retener la caquita para ser aceptado por sus padres. Así, todo ser humano relaciona el control de los esfínteres con las imposiciones culturales y el deseo de amor y aceptación. La hembra que ofrece el ano para retener al macho deseado hace una regresión a la fase anal. Sacrifica su ano y aguanta intensas sensaciones esfinterianas para obtener afecto, igual como hiciera cuando era bebita (apretar el esfínter) para obtener la aprobación de papi y mami, o cuando ya es adulta, de su macho.

La virginidad vaginal



La única virginidad que tradicionalmente perdían las mujeres. Antiguamente, la virginidad vaginal era un tesoro reservado al varón que se comprometía a cuidar de la mujer y de su prole mediante los votos matrimoniales. Sin embargo, con la revolución sexual y la liberación de la mujer, las féminas empiezan a ofrecer su vagina para retener al macho deseado sin obligarlo a pasar por la vicaría. Claro, sucede que pronto la virginidad vaginal deja de tener valor para el macho de alto rango, por lo que algunas féminas incorporan la ventaja adaptativa de ofrecer también la boca para el use y disfrute del varón. Por supuesto, con el tiempo al varón este double pack (sexo vaginal + mamada) le parece insuficiente, y las hembras más taimadas empiezan a incorporar el sexo anal en su repertorio, alcanzando así el triple pack (coito vaginal + mamada + coito anal). Durante un tiempo, las hembras que ofrecen triple pack se convierten en las más populares, pero pronto el resto de hembras igualan a sus competidoras y también ofrecen ese triple pack. Nos encontramos, pues, ante una guerra entre hembras rivales; una carrera desbocada donde hay que ofrecer cada vez más carne para poder retener al macho alfa.

Bien, hasta aquí hemos aprendido que la fémina contemporánea, en su afán de obtener popularidad y réditos afectivos, se ve obligada a sacrificar otras virginidades además de la vaginal. ¿Pero qué ocurre con la virginidad vaginal? Algunos estudios recientes han observado que muchas chicas jóvenes reservan su virginidad vaginal para relaciones más serias o para machos más seguros. Parece que toda fémina, pese a su minúscula libido y su preferencia de lo afectivo sobre lo genital, sabe que su vagina es el centro neurálgico de su feminidad y la puerta a instancias uterinas, relacionadas con el sempiterno anhelo y/o miedo a la preñez. Así pues, el placer genital y el riesgo de embarazo lo dejan para relaciones más serias, mientras que en la adolescencia se entregan en cuerpo y alma a actividades precoitales (petting, mamadas, enculadas, etc.) que les proporcionan popularidad y una vida afectiva tormentosa, dos cosas que estas taradas necesitan como el aire que respiran.

Existe un estudio interesante a este respecto, realizado por una universidad norteamericana, que indica que cada vez hay más chicas adolescentes que creen que el sexo oral no es sexo. Por lo tanto, según la mentalidad de las jóvenes zorras americanas, si Deborah está saliendo con Jimmy y un día le chupa la polla a Michael, Deborah no le está poniendo los cuernos a Jimmy, sino que tan sólo está haciéndole un favor a su amigo Michael. Si para las nuevas generaciones de zorras americanas chupar una polla no es sexo, es lógico que pierdan antes la virginidad bucal que la vaginal. Parece que se trata de follar por todos los orificios excepto por el orificio fértil (la vagina), porque si me la dejo meter por el orificio fértil, entonces soy una guarra. Esta mentalidad pronto llegará a España (si no ha llegado ya), así que iros preparando.

La inversión en el itinerario de pérdida de virginidades

Como hemos visto, las mujeres de antaño empezaban perdiendo la virginidad vaginal (siempre en el lecho nupcial) y sólo las más atrevidas o las que tenían maridos más insistentes perdían las otras virginidades. Ahora las tornas han cambiado y muchas empiezan perdiendo la virginidad manual y la bucal. Algunas incluso pierden antes la anal que la vaginal.

¿Por qué se ha producido esta inversión?

Antiguamente, las mujeres consideraban que el sexo era una actividad puramente reproductora. Esta concepción del sexo daba lugar a que las mujeres sólo accedieran a perder una virginidad; la vaginal, y ni se les pasaba por la cabeza que pudieran haber otras virginidades. No obstante, a partir de 1960, con la invención de la píldora anticonceptiva y el advenimiento de la revolución sexual, el sexo deja de ser concebido como una actividad meramente reproductiva y se convierte en actividad recreativa. A partir de este punto, ofrecer la virginidad vaginal empieza a tener cada vez menos valor (claro, cómo va a tener valor ofrecer el coño cuando no hay peligro de embarazo), de manera que las fantasías sexuales masculinas y el cine porno empiezan a explorar otras prácticas sexuales (sexo anal, cubanas, corridas faciales, etc.). En este estado de cosas, las hembras más taimadas, conscientes de que el sexo vaginal ya no impresiona a los machos, empiezan a incorporar en su repertorio las mamadas, el sexo anal y las degluciones de semen. Esto supone una verdadera revolución en las relaciones sexuales hombre-mujer, porque la rivalidad entre féminas lleva a que todas las mujeres imiten el comportamiento de las hembras más versátiles para de este modo retener a los machos de alto rango y evitar que una lagarta se los lleve. En la era anticonceptiva postrevolucionaria, constituye una enorme ventaja adaptativa ser una guarra que come pollas, traga semen y se deja encular. De modo que la que no se adapte, no podrá retener al macho de alto rango.

La confusión sexual de la mujer contemporánea

La feroz competitividad entre féminas y la devaluación del sexo vaginal produce no pocas confusiones en la mente atolondrada de nuestras jóvenes zorritas.

Resulta que para retener al malote de clase, hay que masturbarlo en los lavabos del cole, chuparle la polla, tragarse su semen y dejar que se te corra en el recto. Si la hembra no lo hace, el malote de clase se irá con la Tamara o con la Jenny, que este año tienen las tetas más grandes y se dice que chupan polla como posesas en los lavabos del cole. De modo que la joven adolescente se encuentra bajo una enorme presión social y mediática y se ve obligada a ofrecer otras virginidades además de la vaginal. Pero a pesar de la presión cultural, la hembra continua siendo hembra, y tiene grabado a fuego en sus genes que no debe ofrecer su vagina al primero que pasa. Como ya hemos dicho, existe, en toda mujer, una sensibilidad visceral, interoceptiva, por la que intuyen las pulsaciones de su útero, ligadas al cerebro primitivo que todas poseen; una sensibilidad que las lleva a querer reservar su vagina para el macho con el que haya un vínculo de calidad. De modo que aquí es donde tiene lugar la inversión en el itinerario de pérdida de virginidades: en el choque entre los imperativos culturales (ofrécele tus tres orificios al macho dominante de la pandilla) y los imperativos biológicos (reserva el templo sagrado de tu vagina para el macho al que tengas bien cogido por los huevos). Y la forma que tienen las féminas de resolverlo es ésta: sacrificar las virginidades infértiles: manos, culo, tetas, boca, garganta, estómago, etc., y dejar la virginidad fértil para el macho que ofrezca verdaderas garantías.

Y sigue la confusión: Pese a vedar el acceso a su vagina y sacrificar las virginidades infértiles, el fantasma del embarazo es muy persistente en la psique de la fémina, de ahí que se vean en los consultorios sexuales para adolescentes las típicas preguntas: "¿Si me trago el semen de mi novio me puedo quedar embarazada?" o "¿Si mi novio se corre en mi culo me puedo quedar embarazada?". El deseo/miedo al embarazo es tan persistente en la fémina que incluso usando los dos agujeros infértiles no pueden evitar preguntarse si se van a quedar embarazadas.

Imaginaos esto en el caso de los varones. Que los varones renunciásemos al uso del pene para conseguir popularidad y beneficios afectivos con las mujeres. Que sólo empleásemos manos, lengua y ano para gustar a las mujeres y que no dejásemos que las ávidas manos femeninas nos tocaran el pene porque eso sería ser "guarros". ¿Os imagináis una forma de sumisión y renuncia más humillante que esa?

Neomachismo

La renuncia femenina al goce genital y el uso de las otras virginidades para obtener popularidad entronca con lo que se ha dado en llamar neomachismo. El neomachismo está bien ilustrado por la canción del rapero Porta. Las niñas de hoy en día, sumidas en un falso feminismo hedonista que consiste en meterse pollas y drogas por todos los orificios (un falso feminismo que no deja de ser una nueva manifestación de machismo posmoderno, porque la hembra que grita "las chicas al poder" y que usa sus orificios para atraer y retener a los machos no deja de ser una víctima más del machismo más recalcitrante), se han convertido en poco más que perras en busca de sensaciones, popularidad y poder. Un estudio reciente del Vaticano dice que el pecado capital más frecuente en mujeres es la soberbia, mientras que en varones es la lujuria. La mujer contemporánea es víctima de la soberbia y la necesidad de poder en el ámbito de los afectos y las relaciones. Para conseguir ese poder, emplea todos sus orificios.

En definitiva, el varón contemporáneo debe aprender a tener en cuenta la posibilidad de hollar las otras virginidades de las mujeres, sustituyendo el paradigma de que las mujeres sólo tienen una virginidad por un paradigma nuevo: las mujeres tienen tres virginidades de primer grado (vaginal, bucal, anal) más unas cuantas virginidades de segundo grado (manual, cubana, gástrica, axilar), etc. El desafío del macho contemporáneo es reventar cuantas más virginidades mejor, y hacerlo sin piedad, porque de lo contrario otro macho más convincente se nos adelantará. Recordad: ellas venden su cuerpo al mejor postor, pero lo venden a cachitos, y hay que saber regatear.

1 comentario:

  1. Simplemente excelente. Espero seguir leyendo reflexiones de este nivel. Saludos desde Argentina.

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