El orden natural no es justo, no necesita serlo, la moral y los principios son asuntos intelectuales, no biológicos y en la mayoría de los casos pesados lastres que obstruye el fluir natural de los acontecimientos y la lógica evolutiva. La genética establece unas jerarquías, dota a los individuos y a los géneros de unas cualidades muy precisas y escasamente dúctiles. La eficacia lo justifica y ampara todo, mientras la vida siga fluyendo y la especie perpetuándose; mientras los portadores de la mejor herencia la sigan transmitiendo a las hembras más sobresalientes, las razones de la naturaleza no deben cambiar.
Durante siglos, bajo la pátina de la civilización, detrás de los balbuceos artísticos y las piruetas filosóficas, persistía un orden, se respetaba inconscientemente un equilibrio dentro del cual cada individuo, cada hombre y cada mujer actuaba en correspondía con sus aptitudes naturales. Las catedrales se elevaban hasta el cielo, las molécula se sintetizaban, los transatlánticos derribaban las fronteras oceánicas y la vida se alargaba gozosamente décadas y décadas. Todo era perfecto, el mundo era más brillante y mejor y la raza se multiplicaba y optimizaba con los siglos. Había cambiado el escenario de nuestra existencia, pero el elemento esencial perduraba y daba frutos.
Las últimas décadas del siglo XX constituyen un hecho inédito dentro de nuestra especie. Por primera vez en la historia, al margen de las necesarias excepciones regias y nobiliarias, más allá de las extravagancias palatinas y literarias, se institucionaliza la igualdad, se neutraliza normativamente, apelando a principios morales y a un sentimiento inconsciente (en el doble sentido de la palabra) de justicia, la necesaria desigualdad entre los individuos y los sexos. Hombres y mujeres, tan diferentes en lo físico y en lo psíquico, son estandarizados, desnaturalizados, convertidos en maniquís de exposición, inexpresivos e inermes. El macho es castrado y la mujer inoculada con el virus de la autorealización y la visibilidad social y profesional.
Nos encontramos una sociedad de mujeres con el coño rugiendo, bramando, queriendo expulsar miriadas de cachorros humanos, que sin embargo debe taponarse los oídos para no abandonar su derecho a la paga extra y el coche de empresa. Nos encontramos una sociedad de machos feminizados, quejumbrosamente sensibles, adocenados, atenazados por los síndromes, los complejos y las neurosis. Hay llantinas, rabietas, cañonazos y sainetes; el ser humano esta desubicado, ha perdido el contacto con su esencia, se ha robotizado y caminamos hacia el androgenismo final y apocalíptico. El amor ha muerto, la pareja ha muerto, la familia ha muerto y finalmente, nuestra sociedad y nuestra civilización, sustentada soterradamente sobre estos principios, camina hacia el desastre y la extinción. El día que el feminismo tomó el poder se abrió la primera grieta de estas ruinas que habitamos.
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martes, 7 de septiembre de 2010
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